En la película el protagonista, Jack MacKee (Hurt) es un cirujano cardiólogo con una carrera en la Medicina, próspera y llena de éxitos, que le ha proporcionado una vida muy agradable, con una estupenda familia, una lujosa casa y todos los signos externos de la prosperidad. Lo único que no posee es auténtica compasión por los pacientes que tiene a su cuidado.
Pero cuando Jack se tiene que enfrentar, de repente, a una enfermedad (cáncer de laringe) que le convierte en un paciente ordinario de su propio hospital, acude a una médico otorrino que parece actuar del mismo modo que él lo hacía. Se trata por tanto de un interesante y emotivo drama en el que el médico pasa a ser paciente y prueba de su propia medicina. Por primera vez en su vida se ve obligado a sentir lo que todos los pacientes sienten, y a confiar ciegamente en un sistema médico que no es infalible, con su eterna burocracia, sus exámenes humillantes, sus imponentes aparatos, y sus abarrotadas salas de espera..., se da cuenta de la diferencia que existe entre tratar simplemente a un paciente y preocuparse por él. Durante sus sesiones de radioterapia conoce a una joven llamada June, cuya fortaleza y espíritu poco comunes se convierten en pilares fundamentales para su propia recuperación y para comprender que un médico debe conocer primero el corazón antes de operar un cuerpo. A lo largo de la trama vemos como un doctor de trato frío e insensible con sus pacientes pasa a tener una perspectiva muy diferente cuando se le diagnostica su enfermedad, se va haciendo cada vez más humano, más persona. Yo me he sentido identificada con esta película en muchas escenas y la recomendaría a cualquier profesional de la medicina. Rocío Rodriguez Martin
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